En estos meses como profesora de filosofía en instituto me he preguntado mucho cómo se puede enseñar, como tal, la ortografía.
Recuerdo las clases de Lengua y Literatura en primaria y en la ESO, en las que memorizábamos los famosos “recuadros amarillos” del libro de texto, con reglas tales como “se escriben con g todos los verbos acabados en -ger y -gir, excepto tejer y crujir”. A menudo para eso teníamos que copiarlos en el cuaderno y a continuación hacer unos ejercicios.
En mi departamento, penalizamos en bachillerato las faltas de ortografía siguiendo los criterios que se aplican en la PAU. Esto lleva a tener que hacer el tedioso trabajo de contabilizar una a una las faltas de cada alumno en cada trabajo y hacer una aritmética del error ortográfico.
Para mí no es muy gratificante el mero hecho de penalizar. Me gustaría ayudarles a mejorar, pero tampoco soy profesora de Lengua ni forma parte de los contenidos de mi materia, así que no tiene sentido para mí dedicar tiempo a una enseñanza directa sobre ortografía en mis clases. En cambio, para quien le pudiera interesar, he creado en mi aula virtual una lista de errores frecuentes (basada en lo que me encuentro en sus exámenes y trabajos) con links a webs de la RAE y de la Fundéu donde se explican las normas pertinentes.
La cuestión es que me pregunto hasta qué punto esto es útil. Es casi un lugar común lo de que hace falta leer para aprender a escribir. Y creo que es cierto, por la siguiente razón: la ortografía es fundamentalmente una cuestión estética.
Me explico.
1/2 #claustrovirtual #hilosdejanadelbosco